La vida está hecha de retazos, de rupturas, de pequeños momentos. La vida también se forja con encuentros, con eventos imborrables, con rutinas continuadas. Cada día es igual al anterior y, al mismo tiempo, distinto, único, irrepetible. Cada día pasa volando si estamos entretenidos o terriblemente despacio si fue como el anterior. Por eso, de vez en cuando, conviene inventarse un juego. Algo que nos haga creer que nuestra existencia tiene otro sentido.

Los-Miercoles-No-existen

Y, de la misma manera que requerimos ser seres sociables, compartir, estar en compañía, necesitamos de momentos de intimidad, de soledad, de secreto. Y por eso algunos se encierran en el baño, o dan largos paseos hablando en voz alta, o escuchan música a todo volumen. O se inventan que Los miércoles no existen.
De la misma forma que los recuerdos, las escenas de esta estupenda obra, acertadamente denominada “dramedia romántica”, van de un pasado a otro, de un presente a un deseo, de unos personajes que se entrecruzan con otros, de unas casualidades a unos destinos irremediables.
Peris Romano, como autor del texto, junto con Maite Pérez Astorga en la codirección, consiguen ensamblar unas piezas aparentemente desencajadas. Pero, poco a poco, te vas dando cuenta de que no hay flecos sueltos. Que la vida está hecha de retales, de recuerdos deslavazados, de relaciones imposibles, de presunciones y miserias, de soledades y compañías. Y están la calle, el bar, el apartamento,… Están los miedos, los proyectos, el paro, las infidelidades, los días que se repiten monótonamente si no fuera porque, alguna vez, hay que creer que un detalle, un nombre, una situación, hacen que ese día sea irrepetible, único, que sea tan intenso que parezca que no haya existido.
Toda la compañía está espléndida en su cometido. Derrochan simpatía, buen humor, mejor hacer, empatizan con el espectador desde el principio, nos convierten en figurantes sin texto, es decir, en testigos de sus discusiones, de sus temores, de sus querencias, de sus ocultaciones, de su transparencia. Nos son cercanos y es como si los conociéramos de siempre.
Y si, además, nos deleitan con buenas canciones, con los estribillos de nuestras conciencias dormidas, con la banda sonora de nuestros sentimientos, ¿para qué queremos más? La respuesta no es “pues apaga y vámonos” sino “enciende y quédate”, disfruta de este juego, arma el rompecabezas de los tiempos perdidos o encontrados, identifícate con ellos y acude a la cita (ahora en el teatro Fígaro), que ya se prolonga por 4ª temporada, con estos chicos que te van a encandilar (aunque ya no estén las viejas candilejas del ancestral teatro), porque están las nuevas corrientes eléctricas de una dramaturgia joven que al mismo tiempo que se ríe de sí misma y de la sociedad en general, emociona, reflexiona y reivindica. Afortunadamente.
Afortunadamente existe Los miércoles no existen. Si los miércoles no existen ni existirán nunca para unos pocos, para los aficionados y amantes del teatro espero que se conviertan en el pan nuestro de cada día y en jornadas festivas que hay que celebrar por todo lo alto, aunque sea entre semana. El teatro como fiesta (no de guardar) sino de enseñar.

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