Disciplina, Comunidad, Acción,… Disciplina, Comunidad, Acción… aunque se repitan mucho las consignas no son suficientes para forjar una actitud diferente, pero influye, naturalmente. A ese lema machacón e insistente hay que añadirle Creencia, Orgullo, Voluntad, Reglas, Consignas, Personalidad,… y cualquier otro sustantivo similar que queramos añadirle. Y un líder. Un guía que sepa conducir al grupo por los intereses que se haya propuesto. Que sepa improvisar ante las dudas, que tenga respuestas para todo, que tenga claros sus objetivos. Y tener cuidado de que el proyecto no se le vaya de las manos.

critica

La Ola es la historia de un experimento real. Como reales son las reacciones que se sucedieron, la fragilidad de la persona como individuo y su necesidad de sociabilizar, el sentirse arropado e integrado, el mejorar resultados, el tener sentido de causa. Pero todo tiene un precio. De esa manera, también se manipulan mentes y actos, se hace uno más inexpugnable pero menos emocional, se pierde en libertad lo que se gana en obediencia, se sacrifica el pensamiento divergente por el orden establecido.

Teatralmente La Ola, que se interpreta  actualmente en el Teatro Valle Inclán en producción del Centro Dramático Nacional, tiene grandes virtudes. Es difícil llevar a escena un texto tan complicado y unas ideas tan implicatorias. Ignacio García May ha sabido condensar en dos horas y poco, todo un tratado sociopolítico y educacional. Y Marc Montserrat Drukker, como director, ha sabido imprimir al montaje carácter, tensión, organización, interés. Los actores están perfectos en sus personajes adolescentes y el maestro, interpretado por Xavi Mira, es convincente, real, verídico.

Conseguir que siete alumnos representen a toda una clase que posteriormente irá creciendo ya es un logro. Nada más empezar, efectivamente, el movimiento escénico nos introduce en lo que es un instituto de enseñanza media. Y vemos a cada uno con sus miedos e inseguridades, con sus problemas personales, con sus dificultosas relaciones, para convertirse en un solo cuerpo, para someterse a un férreo control, para acatar las consignas dictadas por una ideología etnocentrista.

Había mucho público joven en la representación a la que yo asistí (era el día del espectador, que sale más barato). Y presenciaron la obra con un respeto y un silencio absolutos. Imagino que mientras veían la función se cuestionaban los métodos de aprendizaje de nuestro sistema de enseñanza, comparaban su realidad actual con la del experimento, repudiarían o se identificarían con las consignas de poder antes mencionadas. Alguno asociaría este método con la antítesis de El club de los poetas muertos, pero, sin lugar a dudas, a todos los espectadores nos plantea diversas y variadas cuestiones sobre nuestra sociedad y comportamiento colectivo. “¿Y ahora qué?”… Pues que cada uno busque su propia respuesta.

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