El público está entregado desde el principio. No sé bien por qué. Desde que hace su entrada Miguel de Molina/Ángel Ruiz, la gente empieza a manifestar risas y comentarios. ¿Han venido predispuestos? Yo no sé qué me voy a encontrar. Solo me han dicho que está muy bien. Y que conozco unas pocas canciones de Miguel de Molina, alguno de sus fatídicos percances y su condición de homosexual que él nunca quiso ocultar.
MIGUEL-DE-MOLINA
Con esas risas y esos nervios de algunas espectadoras por hacerse notar, asisto a un espectáculo sobresaliente. Elegante. Sincero. Duro. Dramático. Gozoso. Intimista (dentro de lo que cabe, precisamente por todos esos comentarios jocosos que, afortunadamente, no interrumpen la gran labor y la gran interpretación de Ángel Ruiz como Miguel de Molina).
Hay simbiosis en ambos. Actor y personaje. Por eso, parte del público cree estar viendo en carne y hueso al auténtico y mítico cantante de copla. Ha revivido. Lo tenemos ahí enfrente, de viva voz y viva presencia, con el mismo desparpajo, con la misma soltura, con el mismo descaro, con el mismo arte.
Y no está resentido. No nos echa en cara lo mal que lo debió pasar. Al contrario, disfruta de sus días de gloria. Pero nos deja ver su sufrimiento. Nos cuenta sus vicisitudes, buenas y malas. Sufre y ama. Pena y se alegra. Es arrogante y humilde. Se siente acompañado y terriblemente solo.
Nos da un auténtico recital. Recital de amargura y dramatismo. Recital de buenas canciones y buena puesta en escena. Recital de penurias y miserias. Recital de ponerle nombre a las cosas y a las personas. Recital de nostalgia y recuerdos. Recital de personalidad y figura emblemática. Recital de buen teatro. Recital al que también ha contribuido el director, Juan Carlos Rubio.
No hay folclore gratuito en este espectáculo. Hay lágrimas intensas. Hay arte en el piano (César Belda) y en la voz. Hay documentación y veracidad. Hay simpatía y seducción. Hay prosa poética. Hay emoción y ternura.
Esto no es una biografía. Es un retrato y un espejo. El marco al que se asoma un Miguel de Molina rodeado de flores con espinas. Un retrato realista y cruel, pero también favorecedor y cariñoso. Es un espejo donde vemos reflejada la sociedad intolerante de una época, de unos acontecimientos denigrantes, de una época aciaga de nuestra historia.
El Botín de guerra que acertadamente Ángel Ruiz rescata de los restos del naufragio, que adapta y recrea con el mismo espíritu optimista de su protagonista, con las mismas ansias de vivir del artista, con la misma independencia y personalidad de este hoy, su alter ego.
Que los aplausos le lleguen hasta su tumba. 

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