Las sombras acechan a don Juan Tenorio. Un tipo duro, engreído, bravucón, pendenciero, delincuente, fanfarrón, orgulloso, mentecato, asesino,… Nadie podrá con él, excepto las sombras. Las sombras no le dejarán en paz, porque él mismo las genera.

DON-JUAN-TENORIO

Acierta Blanca Portillo con esta lectura del clásico romántico. Tiene razón Blanca Portillo, (y en su versión Juan Mayorga), cuando afirma que Juan Tenorio debe dejar de ser un modelo a seguir. Quien se jacte de sus conquistas, de sus desmanes, de su agresividad, de su falta de ética, de su prepotencia, en definitiva, no merece ser laureado. Ni admirado, ni refrendado. Tolerancia cero con esta clase de personas. Afortunadamente, hoy hablamos de un personaje. Un personaje que en nuestro acervo cultural hemos vanagloriado porque su lenguaje era extremadamente bello, porque, al final, triunfaba la apoteosis de ángeles y dioses. Pero don Juan no se merece ese tratamiento deferencial.
Traído a nuestros días sería un don Juan mafioso que va por libre en sus fechorías. Sería un alias encubierto y despectivo, el líder de una banda violenta, con poca cultura y muchas ganas de sangre, drogas y sexo, o un refinado “marquésdesade”, “casanova” y alcapone” presumido y sin amigos.
Blanca Portillo, por ceñirse al texto, incluso se queda corta. Aun a riesgo de ser juzgada por atreverse a romper el ritmo del verso, por desmontar un mito y unas escenas claramente conocidas, podía incluso haber forzado más las situaciones. Pero no ha querido ser excesivamente cruel con los espectadores y ha convertido su puesta en escena en un poema de verso dicho en libertad. Le ha quitado la musicalidad sobrenatural y se la ha dado terrenal. Los lugares sombríos son lápidas de gris hormigón y las paredes están hechas jirones. Los amores románticos pasan a ser claramente sexuales; los protagonistas no son héroes sino canallas, fieramente humanos. El misterio lo conforman los haces de luz entre tanta sombra. Sombras que deambulan a su antojo porque tienen un terreno abonado en la mente del protagonista.
José Luis García-Pérez ejerce su maestría interpretativa con amargor, con sudor, con dolor. No va de guapo, no va de galán, no va de fantasma. Los fantasmas están en su cabeza y nosotros los vemos, los visualizamos sin necesidad de recurrir a estatuas de piedra que cobran vida.
Suba o baje a cabañas o palacios, que el Tenorio, alias don Juan, suba siempre al escenario de esta forma, sin telarañas ni mendacios.

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