larible

Reconozco que nunca fui un niño de circo. Quiero decir, que las pocas veces que podía asistir al circo, después no salía con la pretendida satisfacción de ver un gran espectáculo. Me cansaban las transiciones entre número y número, no me gustaban las piruetas de animales y mucho menos que los dominara un domador. Los magos se me hacían lentos. Aprobaba la habilidad de los malabaristas y equilibristas pero no me emocionaban. Solo estaba a la espera de la entrada grotesca de los payasos. Estos nunca me defraudaban. Aunque contaran chistes malos. Aunque se dieran de bofetadas. Aunque gritaran más de la cuenta. La imagen del payaso, esa sí me acompañó siempre.
Con los años aprendí a ver circo de otra manera y presencié espectáculos de circo fantásticos. Desde El Circo del Arte de Emilio Aragón, Miliki, pasando por el Circo Raluy, hasta Le Cirque du Soleil. Y siempre esperaba la actuación de los payasos. Y siempre me veía las emisiones por televisión de Charlie Rivel, de los hermanos Tonetti, de los Payasos de la Tele (Gabi, Fofó y Miliki), de Marcel Marceau,  de Nicolás Romero (Poquito), y oía hablar a mis padres de Pompof y Thedy, de Pototo y Boliche.
Y me gustaban sus caras pintadas, sus narices imposibles, sus sombreros estrambóticos, sus pelos de estropajo, sus sonrisas amargas, sus llantos descacharrantes, su forma de andar, sus zapatones, sus libreas ajadas, su ternura.
Hoy, con David Larible y su Laribleando, en el Teatro Circo Price, he vuelto a sentir todas estas sensaciones. He vuelto a disfrutar con sus gestos, todo expresión, con su ingenio y su habilidad teatral y circense.
Nada más entrar he respirado circo. Y me esperaban ante mis ojos un piano, el acordeón, la imprescindible silla, el perchero del vestuario que espera a algún espectador, la maleta de las sorpresas, los niños inquietos acomodándose, los nervios de ver salir al payaso.
Y en Larible he visto todo el circo que me hacía falta. Desde el maestro de ceremonias o presentador de sala reconvertido en director de casting, el equilibrista y el lanza cuchillos, el ilusionista y el cantante de ópera, el músico y el actor, el bailarín y el cómico, hasta el querido payaso que me provoca risa y ternura, admiración y respeto, cariño y envidia, inteligencia y bondad.
¡Qué gran final cuando el payaso se despide tristemente!, pero deja bajo un rayo de luz y esperanza el relevo de una nueva generación de payasos que inventarán nuevas parodias o repetirán las que siempre funcionan. Porque los payasos nunca mueren, porque todos seguiremos llevando en nuestro interior ese niño que esperaba con nerviosismo la llegada de los payasos para reírnos hasta de nuestra propia risa.
¡Atención!, que entra el payaso: ¡UPS!

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