Rinoceraonte Teatro

Lo banal llega a mezclarse con lo esencial, lo transcendental con lo rocambolesco, lo existencial con el acomodo. Cuando un rinoceronte, (o dos), invade la ciudad no preocupa tanto de dónde ha venido, cómo ha surgido, qué es lo que pretende, cúales son las causas y cuáles pueden ser los efectos. Lo que lleva a poner en entredicho una amistad sólida y certera se tambalea al discutir si el animal tenía uno o dos cuernos y si su procedencia es africana o asiática. Esto, mezclado con una lógica aplastante de inverosimilitudes, donde se intenta demostrar que, al fin y al cabo, todos somos animales de cuatro patas, lleva posteriormente a aceptar esa realidad de la que no podemos escapar y, por tanto, es mejor adaptarse y acomodarse cuanto antes.
Nadie puede escapar, menos uno. La resistencia. Resistencia pasiva, clandestina, individual. Hasta tal punto que se tambalea la integridad y se duda. A pesar de haber conseguido el amor para luego perderlo. A pesar de estar convencido de no tener convencimiento de nada. No sabemos si, al final, Berenger, el protagonista, es un héroe o un paria. Un valiente o un suicida. Un hombre íntegro o un rinoceronte inadaptado.
Pepe Viyuela interpreta a su personaje con la contención y amargura necesarias. Está soberbio en su ebriedad, inmenso en su limitado poder de acción para cambiar las ideas y las consecuencias. Terriblemente solo ante esta sociedad de rinocerótidos placentarios y acomodaticios que conformarán una infraclase. Comprendemos su temor y queremos gritarle desde el patio de butacas que le seguiremos en su lucha, pero somos rinocerontes sin capacidad de habla (cultos, eso sí, porque acudimos al teatro).
Fernando Cayo magistral, no solo en su transformación de hombre a animal, descomunal, sino en toda la construcción del personaje: seguro de sí mismo, ordenado, altivo, magnificiente.
Destacan también José Luis Alcobendas, Ester Bellver, Fernanda Orazi, Janfri Topera, creíbles, sensibles, asumiendo sus roles con la ambivalencia de un no querer ser pero verse arrastrado a serlo.
Ernesto Caballero ha sabido plasmar en su montaje la dicotomía del pesimismo con la asunción de lo irremediable. Poniendo a los actores alrededor de los espectadores consigue envolvernos en un ambiente entre realidad y ficción, entre sueño y actualidad, entre absurdo y sensatez.
La escenografía de Paco Azorín nos hace sentirnos en una jaula. Jaula opresora y acechante en la que podemos observar y ser observados, como animales en cautividad a los que se les pone a la vista el horizonte pero cuyo laberinto es imposible de salvar. Afortunadamente, cuando salimos del Teatro Mª Guerrero podemos comprobar que no pasa ningún rinoceronte y que, incluso, nos dan la oportunidad de charlar con los actores reconvertidos en seres humanos.

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