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Que la vida es puro teatro ya nos lo cantaba La Lupe hace un porrón de años. Que constantemente tenemos que encarnar personajes ante un público exigente, que tenemos que fingir para no ser socialmente indeseables, que hay que aguantar silencios, improvisar textos poco trabajados cuando nos cogen desprevenidos. Que, a veces, hay que hacer mutis enojados dando portazos, entradas sorpresivas y efectistas, que nos vemos de repente en medio de situaciones flagrantes que se enredan poco a poco, que nuestra escenografía cambia en función del trabajo. Que hablamos solos recitando soliloquios imposibles que nos hacen un poco enajenados, o que nos dan a réplica en cuanto cometemos un error porque no lo tenemos suficientemente ensayado…

Estas cosas pasan todos los días, no hay horario establecido para sacar las entradas ni ver la función porque la representación dura venticuatro horas cada sesión; posiblemente, como mucho, nuestros aplausos sean algunos besos perdidos o alguna palabra de ánimo. Somos actores, autores y espectadores de nuestra propia existencia.
Eso es lo que nos intenta transmitir Paloma Bravo a través de la historia de Sol (soledad con uno mismo para poder enfrentarse a los que amamos y a los que no queremos tanto). La realidad pura y dura pero también divertida y arriesgada, correcta y criticada, plana y vulgar y llena de matices que la hace única. Sol tiene que hacerse su hueco con una familia nueva. Querrán que sea novia, hija, amiga, madre, pasando por todos los estados posibles: madrastra, enemiga, rival, jefa, organizadora, salvadora, confidente, compañera, sin apenas tiempo para andarse con remilgos ni depresiones que no conducen a ningún sitio.
En La novia de papá está la luz cambiante de cada relación. En el decorado se ven los colores que transmiten perturbaciones, la dependencia afectiva, los anhelos, la desconfianza, frente a la esperanza, la armonía, el deseo. Y esto contrasta con el uso excesivo de las comunicaciones por teléfono, aunque compensando con los apartes que hace la protagonista con el público para intentar implicarlos.
La dirección de Joe O’Curneen es precisa. Los actores, María Castro, Eva Isanta (que interpreta varios personajes), Armando del Río, Nadia de Santiago, Lucía de la Fuente y Rodrigo Sáenz de Heredia lo viven con intensidad porque, al fin y al cabo, esas vidas de otros podrían ser las suyas, con una realidad subjetiva atentamente observada.
 

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