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Anuncios que se ven, máscaras que no se aprecian, pisos que hay que compartir, balcones donde fumar, pies descalzos para no ensuciar, respeto por la intimidad, ruptura de relaciones, enredos, engaños, equívocos, orden y caos, parejas estables que se tambalean y hasta se desmayan, ocultaciones,… todo esto y mucho más nos encontramos en la excelente comedia Un balcón con vistas de Laura Molpeceres, que también dirige la función, ahora en el Pequeño Teatro Gran Vía.
Pequeño teatro con gran teatro dentro. Nos encontramos con una puesta en escena sencilla, económica, casi de teatro aficionado. Aunque de aficionado tiene muy poco. Podemos presenciar una representación profesional cien por cien en su texto, muy bien trabajado, no quedan flecos perdidos, todo tiene su sentido, cada palabra, cada situación tiene su razón de ser, se amolda a los personajes perfectamente. Y la directora, haciendo uso de su propio libreto, lo maneja con sabiduría, pero (¡ay, esa conjunción adversativa!) con cariño, con corazón.
Y los actores creen en lo que interpretan. Y no es fácil representar personajes cotidianos, conocidos, que podrían ser nuestros amigos o, incluso, nosotros mismos. Aplaudimos con energía las grandes actuaciones trágicas de personajes torturados o una magistral vía cómica de algún histrión mediático, pero (otra vez) no es sencillo ponerse en la piel, el cuerpo y la psicología de un personaje común, muy de nuestros días, como de andar por casa. Estos actores ponen en pie sus interpretaciones con personalidad y la motivación justa, medida y necesaria.
Rubén Martínez, es un psicólogo al que se le rompen todos sus principios, todas sus teorías, aunque una y otra vez las intenta levantar con energía, con aplomo, si bien las sorpresas le romperán todos sus esquemas. Maggie Civantos, nos intenta transmitir sus chacras, sus alteraciones, su necesidad de compañía, sus emociones no expresadas, sus obsesiones reprimidas, pero (y ya van tres) con naturalidad y mucho nervio. Cristina Soria nos muestra el personaje perfecto, la mujer que nunca protesta, la chica callada que acepta con resignación su destino, la predictibilidad que se desmoronará ante lo impredecible. David Tortosa es el colega, que también acepta todo pero (…) se ahoga, el amigo que no te fallará nunca, el que no entiende pero si comprende. Todos con sus máscaras de buenas relaciones, sus disfraces de negación, de estabilidad, de buen sistema psicofísico. Mas pronto desnudarán sus almas sin querer, en un acto de introspección que a ellos mismos les sorprende. Y nos lo hacen creer, y disfrutamos con ellos, porque lo hacen fenomenal y nos lo pasamos estupendamente, porque sabemos que no es a nosotros a quien le está pasando tanto desatino, aunque cuando lleguemos a casa tengamos que encontrarnos con nuestro balcón cerrado y la vista nos la devuelva el espejo.

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