VIP un cuento de niños

Érase una vez una compañía de teatro que hizo de las suyas allá por los años ni se sabe, y saber la fecha exacta es lo de menos en este momento, pero que se caracterizó por sus mordaces críticas, por ironizar y satirizar personajes, estamentos e instituciones que parecían intocables. Como ahora. Esta compañía, que ya se atrevía a ponerse como nombre Els Joglars, en vez del «cristiano» Los Juglares, hurgaba en las heridas abiertas de tiempos inmovilistas, incluso cuando el gran jefe ya había muerto. Y quisieron hacérselo pagar, y lo que consiguieron fue que se empezara a hablar de ellos, que nos diéramos cuenta de una nueva forma de ver y representar el teatro. Que, con un trabajo exhaustivo, de dedicación plena y absoluta, investigaran con los lenguajes teatrales, la pantomina, las músicas, lo pictórico, el texto también ¿por qué no?, la expresividad corporal, lo minimalista, lo simbólico, el humor, la implicación profunda y personal de cada uno de los actores que formaban esta histórica troupe.
Y pusieron en su parrilla candente a políticos, militares, artistas, clérigos, futuros seres que se autodestruyen, científicos, santos, la cultura mediterránea, el medio ambiente, quijotes, sanchos, nadie quedaba al margen de su punto de mira. Y siguieron cosechando éxitos, y siguieron recibiendo críticas, señal inequívoca de que tenían algo que decir y nos lo contaban de otra manera, tan denostada como alabada, tan aplaudida como denigrada.
Y ahora les toca el turno a los niños. Pero no a los niños en sí mismos, criaturas. A la sociedad que hace, forma e intenta educar a esos niños para que sean hombres y mujeres del mañana, quizá del pasado mañana, del futuro imperfecto de nuestro presente inseguro.
VIP es un juego de niños. Y en los juegos siempre hay un niño que marca las reglas, que se queda con las canicas, que decide cuando empieza y cuando termina, quién se la pocha o quién se convierte en aliado. Pero ese niño tiene detrás una historia. Tiene unos padres, que le consintieron lo que le apetecía, con tal de no oírle llorar, que le proporcionaron los juguetes electrónicos necesarios para no tener que estar constantemente pendiente de él, que le conviertan en el rey y protagonista del cuento por exigencias de su propia tiranía.
Y Els joglars lo hacen con su estilo. Con su expresividad clownesca, con su acidez incisiva. Sin alardes, sin alharacas, sin grandes escenografías, sin grandes textos, sin peculiares vestuarios, sin sorpresas. Y hay a quien le puede gustar y a quién no. Pero detrás tienen su historia. Y delante. Y nos la representan con humor, con inteligencia, con el ritmo marcado por esos timbales enormes que quieren golpearnos en la conciencia, con los actores entregados a una realidad que se podría considerar surrealista si no fuera bastante cierta.
Ramón Fontserè se nos muestra en texto, dirección e interpretación como el niño grande que es. Fiel a sus principios, el niño que marca las reglas de su forma peculiar de hacer teatro, el niño que es lo que es porque no podía ser otra cosa. Y lo que queremos nosotros es que nos deje jugar con él, aunque solo sea mirando.

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