el-antidisturbios

Cuando uno hace su trabajo de toda la vida sin cuestionarse si está bien o está mal, es mi trabajo y punto, a lo mejor no ve las cosas con claridad. Cuando alguien cercano quiere abrirte los ojos, al menos para que te percates que no todos piensan como tú, quizá cuesta trabajo mirarlo desde esos otros puntos de vista. Cuando has cometido un error y, aún así, la culpa, necesariamente, ha deser de los otros, entonces surgen las dudas, la mala conciencia, el desasosiego, aunque ya sea demasiado tarde para reconocerlo o enmendarlo.

Por eso, también quizás, hay diferentes cámaras que graban desde diferentes ángulos y perspectivas. Para que la verdad, o la mentira, no sean absolutas.
Además de esta carga del hombre, independientemente de su profesión, que al final de su carrera, oficio, trabajo, cree que no sabe hacer otra cosa, que le están apartando de la sociedad, que le agradecen los servicios prestados, pero nadie es insustituible y él no es especial, ni único, ni mejor, ni peor, es más, posiblemente sea considerado solo un número.
Félix Estaire profundiza en la conciencia de uno de estos individuos. Un policía, un antidisturbios, un ser humano con coraza, con casco y protección, un guerrero que obedece órdenes sin cuestionárselas, un trabajador al que solo se le verá la humanidad cuando esté solo o cuando esté con su hija. Y aún en los momentos más bajos se mostrará fuerte y altivo, poco accesible, seguro de sí mismo, y querrá rebelarse contra su propio desmoronamiento con la violencia, con la única arma que conoce bien. Aunque tenga un arsenal de ternura guardado en la recámara, no sabrá qué hacer con ello.
En escena vemos a un hombre joven todavía que nos habla de su jubilación. Un retiro que él no ha pedido. En realidad, es un castigo. Eugenio Gómez contiene al personaje con medida, como lo haría un auténtico antidisturbios esperando la orden de cargar contra la masa. Porque enfrente de él no hay individuos, no hay personas, solo amenazas y provocadores. Si gritara en la soledad de su cuarto quizá detrás le saldrían las lágrimas. En una escena se coloca el chaleco antiemociones y el casco, como para demostrar su fortaleza. Pero no haría falta. El actor muestra una torre a punto de resquebrajarse. La hija, Lucía Barrado, le da la réplica con la fragilidad de una muchacha pero con la energía suficiente como para comprender que, efectivamente, por actitud y dureza, puede ser su hija. Perfectos ambos en sus soledades compartidas.
Patricia Benedicto, la directora, ha sabido leer en el texto de Estaire la contención de dos personajes atormentados, de dos frustraciones, de dos vidas que no tienen más salida que hacer estallar sus sentimientos, para darnos con ellos en nuestra procaz sensibilidad privada.

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