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Los ministros parecen seres de otros mundos. Los ministros critican actuaciones de otros, condenan declaraciones que consideran salidas de tono, nos conminan a apretarnos el cinturón mientras ellos usan tirantes. Los ministros ejercen el poder de decidir sobre los demás con impunidad. Despilfarran en nombre de la comunidad a la que aprietan. Los ministros, así, en general, por mor del bien prójimo disfrutan de privilegios que el resto de los humanos no tiene- Y encima quieren más.
Naturalmente, lo dicho antes es una exageración y no me estoy refiriendo a nadie (o ninguno) en concreto. Y el que se pique… Pero, en algún momento, todos hemos pensado esto. Desde tiempos inmemoriales. Recuerden aquello de: «quiero tener el trabajo de un cura, las vacaciones de un maestro y el sueldo de un ministro». ¡Qué injusticia cometemos contra estos próceres de la patria!
Un ministro ¿nace o se hace? Visto lo visto, si nace, no hay más que decir. Y si se hace, no debe ser fácil. Como este ministro de economía, que nos trae Antonio Prieto y que pone en la piel tangible de Carlos Sobera. (¡Ay, este hombre, siempre manejando o rodeado de millones!) Confieso que al principio no podía evitar mirarle como el presentador de concursos, pero poco a poco se va ganando la confianza de los espectadores dando credibilidad a su interesado personaje, como se va ganado a la ingenua, aunque no menos codiciosa, profesora de francés interpretada por Marta Torné, y como intenta embaucar a unos ladronzuelos que excusan su delito en lo mal que lo pasa la sociedad para empezar a pasarlo bien ellos solitos. Aquí todos quieren sacar beneficio propio. Hasta el director, Silvestre G, saca partido de sus actores. Los mueve con soltura, los guía en la buena dirección (interpretativa, porque como individuos cada uno quiere engañar al otro, traicionarlo, hipnotizarlo, ser el encantador de serpientes donde estas bailen a la flauta de unos intereses egoístas y pancistas).
Cuando la situación es extrema es cuando salen a relucir los dientes afilados. Cuando aparece la verdadera fiera y enseña sus garras. Cuando hay que huir como las ratas pero procurando que parezca «políticamente correcto». Cuando las mentiras son el lenguaje cotidiano de nuestras, -sus-, vidas.

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La comedia se ve con amabilidad. Es decir, uno se sonríe por fuera, pero por dentro se está pensado: «valiente h. de p.» Se exageran las situaciones, y menos mal, porque así uno no se olvida de que aquello es ficción aunque se parezca demasiado a lo que oímos todos los días en boca de nuestros dirigentes. No empatizamos con ningún personaje, pero porque no queremos ser como ellos ni parecernos a ellos. Quizás el interpretado por Guillermo Ortega, Yago, el otro ladrón, el ladrón enamorado, apela más a nuestro sentimiento. Lástima que sus ilusiones vuelen porque lo que se construye sobre palabras huecas y acciones encubiertas se lo lleva el viento. Que lo aprendan de una vez por todas los políticos deshonestos no vaya a ser que se asomen a la ventana y, como al ministro de esta obra, no les guste lo que está sucediendo. Ustedes si, asómense a este gran ventanal del teatro Cofidis Alcázar y juzguen lo que ocurre dentro.

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