¿Qué me quieres, amor? La condesa Diana, libre como la diosa de su mismo nombre, ve peligrar su estatus porque se ha enamorado y no quiere reconocerlo. Vive bien rodeada de sirvientes, aduladores, prestigio social. Pero un hombre, Teodoro, su secretario, se cruza en su camino emocional, sin pretenderlo. Este secretario no tiene más que su habilidad con las letras, su buen porte y su vida más o menos resuelta. Como hombre joven que es, por las noches hace sus escarceos y logra así salir de su vida rutinaria. Pero la mujer que lo sorprende no está dispuesta a que se vaya de rositas. Y como buena aristocrática que es inicia un juego amoroso en el que no quiere implicarse demasiado. Si me haces caso te desprecio, si no me lo haces, te deseo. Pero ante todo debe quedar claro que quien mueve los hilos es ella. Hasta que los hilos se enredan y para deshacerlo habrá que urdir diferentes estratagemas.

El Perro del Hortelano

Por parte del propio Teodoro que se desespera y se atreve a llamar perro que come ni deja comer a su propia protectora. Por parte de Marcela, la gran perjudicada de este conflicto de intereses. Por parte de los pretendientes de Diana, el marqués Ricardo y el Conde Federico, pusilámines que solo buscan su propio beneficio. Por parte de Tristán, el lacayo de Teodoro, uno de los mejores graciosos de Lope de Vega, perspicaz, ingenioso, y que será el que finalmente se lleve el gato al agua y ponga a cada uno en su sitio.
Impecable puesta en escena. Laurence Boswell y Rafael Díez-Labín consiguen una sobria dirección de actores y un conjunto bien medido, con ritmo y rigurosidad. Hasta en la escenografía, sencilla y funcional, los tapices que Lope de Vega menciona cumplen su misión de espías, de entradas y salidas, de testigos de la trama: «Mira lo que haces y dices, que en palacio los tapices, han hablado algunas veces».
Los actores de la Fundación Siglo de Oro ejecutan con maestría los cambios de humor y las equivocaciones, se les ve cómodos y a gusto, y dicen bien el verso, haciéndolo asequible a nuestros oídos contemporáneos. Este perro sí se deja comer y nos come.

racaneo

Es agradable encontrarte con compañías y productoras en teatros como el de La Latina dispuestos a no olvidar a nuestros clásicos. Darles a conocer con elegancia, respetarlos, dejarse seducir por sus encantos. Y es muy satisfactorio encontrar público dispuesto a pasar dos horas de comedia, de buen teatro, de trabajo de bien hecho. Que no sean como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer, porque en los escenarios hay comida para todos, que el teatro no sea como al perro que todo son pulgas y las salas se llenen de buenos títulos, de buenos autores, de buenos intérpretes, de buenos espectadores.
Y déjense seducir por los versos del gran Lope: «Darme quiero entender sin decir nada: entiéndame quien puede; yo me entiendo».

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