Por muchos rincones de nuestro orbe cercano, en pequeños o grandes locales, perviven, subsisten, palpitan, academias y escuelas de danza que ofertan sus cursos de baile de salón, clásico español, salsa, ballet, danzas orientales, sevillanas, valses, tango, funky, modern jazz,…y todo lo que esté relacionado con el movimiento corporal, el ritmo, la música, la coreografía.
El espectro de edad de los alumnos, (aunque aquí habría que utilizar como forma no marcada o inclusiva el género femenino, ya que la mayoría de estos alumnos/as es claramente del sexo femenino) abarca desde la más tierna niñez hasta la madurez mejor conservada.

danzad

Cada día cientos, miles de niñas, adolescentes y mujeres (y algunos hombres y niños, claro) acuden a estas escuelas a practicar y conocer todas las disciplinas (y otras) mencionadas anteriormente, con el de aprender, perfeccionar y competir en el mundo del baile. Y no lo hacen con afán profesional, (aunque de todo hay), sino que quieren relacionarse, disfrutar, divertirse, hacer ejercicio, presumir ante sus amigos en fiestas y saraos, alimentar ese gusanillo de creatividad y artista que todos llevamos dentro.
Crean vínculos de amistad, diseñan vestuarios, se organizan en coreografías imposibles, compiten por superarse, imitan a sus mejores estrellas, comunican sus sentimientos a través del cuerpo, sonríen esplendidas con su mejor figura, mientras su piel brilla por el sudor y lo corazones palpitan revolucionados por el enorme esfuerzo y son capaces de coordinarse con técnicas duramente trabajadas.
Para ello sacrifican tiempo de otras obligaciones, posponen actividades menos lúdicas, buscan la forma de no perturbar los compromisos rutinarios, pero procuran no saltarse ni una sola de esas clases en las que tantas emociones ponen.
Cuando el curso escolar se acaba, quieren mostrarnos sus adelantos, sus avances, sus perfecciones, aquello que el año pasado no consiguieron pero este han marcado hasta hacerlo que parezca fácil. Los padres, hermanos, abuelos, amigos, allegados en general, tampoco faltan a la cita. Allí están, mejor o peor acomodados, para ver a su niña, a su novia, a su vecina, y aplauden con fervor y sinceridad, porque realmente lo hacen bien, y se sienten orgullosos de ver a su bailarina particular encima de un escenario. Son sus estrellas, y las tienen al alcance de la mano.
Después verán los vídeos, analizarán los fallos, se darán cuenta que fallaron en un movimiento, que no se colocaron en el espacio debidamente, que faltó, quizá, una mayor sonrisa, y eso les motivará para continuar el año siguiente y probarán otro estilo, y algunos/as se harán profesionales, y otros, simplemente, se acostarán pensando como mejorar ese paso que se les resiste.
¡Y que la danza no pare!
 

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