Dicen que para gustos no hay nada escrito y, sin embargo, constantemente se escribe sobre los gustos de unos y otros. Sobre lo que unos aprecian más o tienen mayores preferencias. Se escribe sobre arte, sobre gastronomía, sobre arquitectura, sobre moda, sobre cine, sobre teatro, sobre colores,…y nunca nadie consigue ponerse de acuerdo. Pero, hete aquí que Ferrán González y Joan Miguel Pérez escriben sobre algo que parecen que no debería gustar a nadie, sobre lo que todos sí estamos de acuerdo en que no nos gusta: la mierda. Bueno, no exactamente. Escriben sobre Piero Manzoni, que enlató su propia caca y la vendió a precio de oro. Y lo hacen muy bien. Los autores, me refiero. (No sé si Piero Manzoni lo hizo bien o mal, el caso es que consiguió exponer esos botes y hasta los compraron).

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Y lo hacen muy bien toda la compañía de Kaktus Music dirigidos por Alicia Serrat. Confieso que no soy muy amigo de musicales, y acudía al Teatro del Canal con cierta reticencia. Cuando empezó la representación me dio la impresión que lo hacía un poco apagada, un musical más -pensé-, personajes que cantan en vez de hablar, algún numerito de baile, una historia a la que no se le puede sacar mucho partido,…¡Me equivoqué de medio a medio! Mi predisposición quizá me condicionó al principio, pero paulatinamente fueron enganchándome estos fantásticos actores y esos músicos serios y eficientes. Y me encontré con un montaje excepcional, extraordinariamente ejecutado en las interpretaciones y las voces del propio Ferrán González, Gemma Martínez, Xènia Reguant, Frank Capdet y Nanina Rosebud, así como el otro coautor y músico Joan Miguel Pérez acompañado de Eloi Pérez y Paco Whet.
¡Cuanta energía! ¡Que calidad! ¡Vaya ritmo! ¡Que buen humor! ¡Vaya diatriba entre lo que es arte y lo que no es arte! Lo que gusta o no gusta, lo que puede valer un precio y lo que no vale nada, lo que es una tomadura de pelo y lo que es una creatividad sin límites.
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Y, en medio, las relaciones personales, la inestabilidad emocional, la rivalidad perpetua, el ansia de fama, el interés pecuniario, los sueños opresivos, el arte conceptual dado la vuelta y manchado de excrementos, el humo o el aire que es capaz de venderse, el encuentro con los adquiridores de arte para perderse en el interior de uno mismo. El cuadro en sí no importa tanto, importa quién lo ha realizado y quién lo ve o lo admira, quién es capaz de pujar por él y quién se fija solo en el marco. Cuando Piero Manzoni se entera que su eterno rival ha muerto se le derrumba su gran proyecto. En realidad no quería epatar a los espectadores, quería darle en las narices a su contrincante. Pero a nosotros esta Compañía si nos encandilan.
Sopla un aire de frescor en el ambiente. Reímos sin tapujos al tiempo que nos abren la conciencia sobre el mercado del arte y contemplamos cómo el talento también hay que trabajarlo. Aunque no hay gusto escrito, ¡que gusto ver este musical y compartirlo!

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