La Gran Vía, en continuo movimiento, viva, nunca vieja, aunque ya tenga más de 100 años.

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El Teatro Reina Victoria nos ofrece esta zarzuela lírico-cómica, alegórica y satírica de las calles céntricas de Madrid, que un día crearon Federico Chueca y Joaquín Valverde con libreto del dramaturgo socarrón Felipe Pérez y González, para anunciar el nacimiento de esta emblemática arteria y, de la misma manera que se transformó y varió en su momento, hoy se ha actualizado para este montaje con constantes referencias a acontecimientos recientes, risibles, mordaces, agudos. Eso nos da idea del carácter burlesco del madrileño que todo se lo toma a cuchufleta sacándole la punta bien afilada y criticando sutil pero certeramente los desmanes de políticos, chulos empresarios, señoritos con parné, autoridad incompetente…
Esta es una Gran Vía refrescante, entretenida, jovial, que viene bien para estas jornadas calurosas del mes de junio.

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Y, después, intentando enlazar una con otra, Federico Chueca vuelve con Agua Azucarillos y Aguardiente, con libreto de Miguel Ramos Carrión, para acercarnos a las fiestas de San Lorenzo en el castizo barrio de Lavapiés.
El preludio ya nos hace desempolvar recuerdos de la subconsciencia y sus notas nos resultan familiares, mil veces oídas, asimiladas a través de nuestros padres, acervo cultural de radios y corralas, tradición de un género denominado chico pero ameno, costumbrismos pasados de moda pero populares, jergas, bailes, tópicos. Y el público conoce las canciones, alguno hasta las tararea, y no deja de sonreír por más que se conozca la historia como si fuera propia. Los barquilleros, las niñeras, y soldados, el gacho, el casero, el finolis, los vendedores ambulantes o titiriteros, la moza recatada y la madre carabina, la chulapa,… pueden parecer personajes de un pasado no muy lejano, pero precisamente por eso, los identificamos como nuestros, podemos sentir cierta nostalgia, aunque su simplicidad nos conmueva y nos produzca hilaridad emocionada.
Y si no estás de acuerdo, «achanta el mirlo que te entrechino el ojerizo».

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