En la vida cotidiana hay ciertas cosas, estamentos, figuras inamovibles que se respetan hasta que se descubre que hacen aguas. Una de esas instituciones sagradas es la familia. Desde ella se protege, se perdona, se bromea, se consiente, se aguanta, se silencia,…pero también, de vez en vez, se dicen las verdades a la cara, y de broma o sin querer, salen los trapos sucios a relucir y nada vuelve a ser como antes, hasta que todo se cubre con el velo del tiempo y las aguas vuelven a su cauce.

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En el Nombre, representación de Matthieu Delaporte y Alexandre de la Patellière, en el Teatro Maravillas, los personajes, miembros de una misma familia con el amigo incondicional que no podía faltar, la palabra toma protagonismo. Un simple nombre desencadena una tormenta de sentimientos, emociones, secretos, crueldades, que hacen tambalearse unas relaciones personales consolidadas durante toda la vida.
Con gran maestría, Jordi Galcerán nos acerca esta historia, pergeñada en París, a Madrid, a unos personajes cultos e intelectuales, no exentos de ironía pero terriblemente crueles si se lo proponen, magistralmente interpretados por Amparo Larrañaga, Jorge Bosch, Antonio Molero, César Camino y Kira Miró, (hay que nombrarlos a todos porque se lo merecen, ya saben, el nombre es importante), y el director, Gabriel Olivares, los pone a cada uno en su sitio, les imprime carácter, parecería el padre de todos ellos, a los que ha criado y luego les ha dejado manifestarse.

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Y lo que empieza como una broma termina como el rosario de la aurora; la inocencia de un nombre propio hace culpables por delito de opinión a sus protagonistas. Ahí se demuestra el poder de la palabra. Palabras que se lanzan como cuchillos para herir sin llegar a matar pero que dejan cicatrices en el alma. Veneno de sustantivos, improperios, adjetivos descalificativos, que no concuerdan en género y número con quien los pronuncia, porque primero no se atreven a soltarlos, después se lanzan al vacío para estrellarse en una réplica, en un contraargumento, en un contraataque que pilla desprevenido al contrincante por mucho que le tengamos aprecio o sea un familiar consanguíneo. El dolor ya se instala en el corazoncito del recuerdo y se caen las torres del cariño.
Y lo bueno de todo esto es que el equipo artístico consigue hacerlo sacando una risa estentórea a los espectadores, haciendo cómico lo que es grave, burlándose de lo que es muy serio, ridiculizando tanto problema personal.
Algunas señoras mayores que acudieron a la representación debieron identificarse con tanta palabra hiriente y divertida, porque no pararon de usar su propia palabra para comentar en voz alta si los intérpretes comían de verdad, si se peleaban de verdad, si se discutía de verdad. Y es que en El Nombre, la palabra, tiene una fuerza propia que la convierte en el arma más importante del intelecto y del sentimiento.

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