In crescendo. La representación de la ópera El barbero de Sevilla de Rossini, ha ido creciendo poco a poco en calidad, soltura, divertimento. Como una barba que crece imperceptible. Como una ciudad que amplía sus barrios sin apenas darnos cuenta. Como cuando miras al cielo y solo ves una estrella para, minutos después, encontrarte el cielo totalmente salpicado de luceros.

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In crescendo. Los actores han ido calentando sus voces, los músicos han ido cogiendo soltura en su interpretación, la historia ha ido ganando en enredos, el público cada vez más cómodo en sus butacas (a pesar de la estrechez de los asientos).
In crescendo. El primer acto parecía un poco apagado, todavía no había empezado la tormenta. Tormenta de pasiones escondidas. Un tímido conde de Almaviva, (el nombre ya dice mucho), no se atreve a confesarse a su dama y, además, quiere que esta le quiera por sí mismo y no por su condición de noble; una Rosina, discreta enamorada, dependiente de su tutor; un tutor que, en principio, quiere ocultar sus sentimientos; un barbero que nos quiere engañar pretendiendo ser un protervo; un coadjutor que le da fuerza al despropósito y, ahí, empieza a engrandecerse la puesta en escena.
In crescendo. Y en esa puesta en escena, totalmente actualizada, vemos retazos de la Celestina, retazos de los enredos de Lope de Vega, retazos de la vida perdularia de Beaumarchais, los gorgoritos imposibles del libreto, los disfraces carnavalescos del conde como en una comedia del arte.
In crescendo. Y cuando hay una coral polifónica de voces, todos juntitos, temiendo separarse, entonces la representación llega al culmen y, uno no, todos, disfrutamos de esta ópera bufa de Rossini con texto de Cesare Sterbini que con gran acierto ha programado el teatro Reina Victoria.
In crescendo. El espectador sale crecido de esta ópera bufa que doscientos años después nos sigue pareciendo inmensa.

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