Ibsen escribió «Casa de muñecas» sin tener como objetivo principal que su obra fuera considerada feminista, y sin embargo, critica de manera vehemente las estricta normas matrimoniales del siglo XIX. Ni que decir tiene que esta obra provocó una gran polémica, pues su protagonista Nora, después de constatar que su marido la considera de su propiedad, lo abandona dejándolo en la más estricta de las penurias sentimentales y, más llanamente, con el culo aire.

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Las tres actrices de «El Manual de la buena esposa», Berta Ojea, Mariola Fuentes y Concha Delgado, comienzan jugando con una casa de muñecas. En sus canciones nos hacen revivir aquellos deseos impuestos por la moral de entonces (un entonces no muy lejano) y el bien saber estar preguntándose si serán monjas, esposas o viudas, sin plantearse que para ser viuda primero había que ser esposa y cuando se era esposa se convertían en un poco monjas
Ese es el inicio. Después vendrán otras historias ligadas entre sí por la sumisión, el recato, las buenas formas, el pecado, el remordimiento, el sexo reprimido, la conciencia religiosa, las tareas del hogar, la falta de cultura, las normas de la España franquista,…
Al ser una obra hilvanada con textos de diferentes autores hay historias con más enjundia y otras un poco más livianas. Pero todas ellas tienen un zurcido impecable. En una de ellas (¿por qué no poner el título de cada una y su autor correspondiente en el programa?) una folclórica se atreve a enfrentarse a sus posibles contratadores o patrocinadores y se niega a cantar lo que le imponen (clara referencia al “Ay, Carmela” de José Sanchís Sinisterra que todavía se representa con gran éxito) y ahí comienza la reivindicación de esas mujeres lastradas por el peso del marido, la sociedad, la censura y el qué dirán.
Todo nos lo intentan contar con humor. Un humor que, en su momento, debía dar miedo. Produce risa hoy pero no ayer. Y no debía ser gracioso. Y, sin embargo, ellas, las mujeres, nunca perdieron la sonrisa. Eso es lo que consiguen con esta puesta en escena: que no perdamos la sonrisa amarga, porque no hay nostalgia, hay crítica, no hay jolgorio desmedido, hay realidad cruda, no hay transgresiones, hay libertad reprimida.

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Lo malo es que en esa vuelta al pasado reciente encontramos vestigios todavía de huellas de hoy. Reminiscencias que quedan y se repiten y se constatan y se oyen y se ven y se sienten cada día. Por eso no está mal que nos lo hagan ver, que nos lo recuerden, que nos lo restrieguen si hace falta.
Hubiera sido mejor cerrar con el canto libre de Aretha Franklin que se menciona en la penúltima historia. Think”, piensa, deja que tu mente vaya y déjese ser libre, oh libertad… Pero nos despiden con el ocaso y cierre de la sección femenina para indicarnos que llegan hasta 1977 y ya no quieren ser ni buenas cristianas, ni buenas patriotas, ni buenas esposas, quieren ser mujeres de pleno derecho, de rompe y rasga. Pero había que terminar con canciones y alegría y así el público se va satisfecho y más que contento. Un aplauso para ellas, un aplauso para vosotras. 
 

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