Te quedas con ganas de más. Las voces te envuelven. La música de la orquesta en directo te mece, te eleva, estás sintiendo el dolor de Rigoletto y, a pesar de eso, no quieres que se acabe, quieres que se levante y que con su poderosa voz no solo clame la venganza sino que la lleve a cabo.

 RIGOLETTO

Rigoletto no es un hombre divertido, (aunque el nombre lo desdiga), pero se ve forzado a hacer reír para ganarse el sustento. Es su trabajo. Le exigen que lo haga bien. Y esto le crea enemigos. Algo que sigue ocurriendo en nuestros días. ¿Quién no es bufón de sus jefes, de sus gobernantes, incluso, de su familia? Y un hombre que se permite el lujo de mofarse, aunque ese sea su cometido, no puede tener vida propia, ni privada, ni personal. ¿Quién va a querer a un payaso?

En aquellos tiempos de Verdi, y en estos también, no estaba bien criticar (y menos hacer burla) a los poderosos, a los nobles, a los políticos, a los mandamases. El compositor y su libretista Francesco Maria Piave tuvieron que hacerle un quiebro, o varios, a la censura. Y como el ingenio siempre triunfa, consiguieron estrenar esta ópera cargada de pasión, de engaño, de venganza.

Pasión por todos las lados del teatro: en el escenario con los actores en estado de gracia, (nunca más apropiado en el caso de Rigoletto), en el foso de los músicos, en los espectadores que aplauden el buen hacer de unos cantantes entregados.

rigo

Los engaños de un duque ególatra y presumido, y sus adlátares que le bailan el agua, el engaño de un bufón que reclama a voz en grito su derecho a llorar, (magnífica esta escena), el engaño de una joven que se enamora del primero que le haga caso, el engaño de un sicario al que engañan como a un niño.

Y la venganza. Agazapada, sin llegar a hacerse realidad. No se venga el conde Monterone, no se venga el conde Ceprano, no se venga Gilda, la hija de Rigoletto, no se venga éste, ni siquiera de esa es capaz. Pero usted, sí, venga a verla. Usted puede venir a verla. Y quedarse con ganas de más, como nos pasó a la mayoría de los espectadores que llenábamos el teatro Reina Victoria un martes cualquiera. Venga y hágale justicia a Rigoletto.

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